Érase una vez una bella princesa atrapada en lo alto de una torre, esperando a ser rescatada por su joven y apuesto príncipe azul.
Aunque bien puede suceder que al joven y apuesto príncipe azul se le adelante un ogro verde, o como en el cuento que nos ocupa, un maldito hippie vasco harapiento.
No galopé hacia ti montado en un blanco corcel, sino en un traqueteante autobús de compartimentos grasientos, pues aunque he dormido en ataúdes, he hecho uso de retretes no aptos para jabalíes, he caminado de noche por La Boca, y por los lúgubres pasillos del Hostel del Fin del Mundo en busca del Fantasma de GayLessVille, y me he enfrentado a los 20º bajo cero de Uyuni (o quizá eran 5), montar un caballo, conducir un vehículo, saltar en paracaídas, y decirle a una mujer mirándole a los ojos lo que siento por ella, se encuentran entre los miedos que aún no he superado.
Pero aunque no sospechaba que te encontraría tan pronto, sí viajé pensando en cómo enfrentarme al Dragón.
Desde que a tierna edad me enamoré por vez primera de una linda niña llamada Beatriz, que jamás supo de mí (o quizá incluso desde una vida anterior), exceptuando honrosas excepciones, escasas pero de alta calidad, mi vida amorosa y sexual ha sido un puto desastre, porque mi subconsciente está convencido de que así ha de ser.
Este Dragón, mayormente dormido pero siempre latente, a veces despierta y me entristece, y así fue como partí desde Uyuni hacia Sucre. Reflexionaba sobre cómo puedo darle la vuelta, y convencerle de que no tiene por qué ser así, y recordé que a lo largo de mi vida, mis Diosas siempre han aparecido cuando no las esperaba, cuando no las ansiaba, cuando estaba tranquilo, cuando me chupaba un huevo (brillante expresión argentina sinónima de “me la suda”). Y debe de ser por ello, que según un curioso estudio realizado recientemente, la persona más feliz del planeta es la mano derecha del Dalai Lama, un asceta que vive en la más completa austeridad y sin sexo. Es decir, es el más feliz porque le chupa todo un huevo. Por lo que concentré todo mi poder mental en que me chupe todo un huevo, y medité dando saltos. Meditar en un autobús Uyuni-Sucre es similar a correr con una bombona de butano en el hombro, pues de la misma forma que al soltar la bombona corres como el viento, cuando el autobús se detiene porque una de las muchas piedras que golpean los bajos ha acertado algún punto vital (y sucede a menudo), levitas.
Sea como fuere, alcancé Sucre completamente recuperado, y sintiendo que el Oasis era un premio a mis esfuerzos, me metí en mi coqueta habitación individual con baños de Hotel 5 estrellas, y escribí esa misma noche buena parte de mi anterior Carta “The Game”.
Al día siguiente, callejeando mi primera tarde en la capital boliviana (que no es La Paz como dicen los mapas y los profesores de geografía), llegué por puro azar (¿existe tal cosa?) a unos bellos y animados jardines. Me llamó la atención la Torre Eiffel que me encontré en mi camino, pero decidí continuar mi trayecto dejando la ascensión de la torre para el regreso. En la parte sur de los jardines volví a meditar y pensar en “me chupa un huevo”, y cruzó mi mente la idea de que mis días en Sucre se reducirían a la placidez de los paseos y a mi trabajo, sin nada especial que destacar, pero feliz como el asceta antes mencionado, porque como a él, me chupa un huevo.
Al llegar de nuevo a la torre, y observar la parte alta repleta de gente, dudé, mas me animé pensando que la vista sería bonita y bien merecía la pena sacar algunas fotos desde lo alto. Al hollar la cima me apoyé en la barandilla y observé los alrededores sin mirar siquiera al resto de los escaladores. He de confesarte que la primera vez que te miré de refilón no me llamaste mucho la atención. Sí la segunda, pues tú también miraste y sonreíste, pensando, como me contarías más tarde “este maldito hippie seguro que quiere venderme unos aretes”. Cuando nos quedamos solos, muy atrevida me pediste que te sacara una foto, y te ofreciste para sacarme otra a mí. Más osada aún, propusiste descender juntos para sacarnos más fotos el uno a la otra. No podía creer lo que me estaba pasando.
Si los tres días de Uyuni los califiqué de “inolvidables”, estos tres que tú me has regalado completan una secuencia que están catapultando la segunda fase de mi viaje a esferas que ni siquiera soñaba, a pesar de que hubiera preferido practicar contigo, lo que el recepcionista de tu hotel pensó que estábamos practicando, en lugar de ver películas. Hubiera preferido hacer contigo lo que la señora ultra conservadora que nos condenó al infierno pensaba que estábamos haciendo, en lugar de abrazarte con todo mi cariño sobre el césped de nuestro jardín. Hubiera preferido besarte como lo hacían aquellos jóvenes enamorados que te llamaron la atención, en lugar de limitarme a tus mejillas.
Hace unos años la Real Sociedad de San Sebastian alcanzó lo que nadie soñaba al comenzar el campeonato, sin embargo su afición lloró al ver escapar en la última jornada el título de liga que rozamos con las yemas de los dedos. Ni lloré entonces, pues logré enfocar mi mente en el indudable logro, ni lloraré ahora, pero cuando te subiste a aquel maldito autobús para marcharte de mi vida, regresé a mi habitación pensando que tendré que irme cuanto antes de esta ciudad cuyos rincones me recuerdan a ti, sin fuerzas más que para comerme el chocolate que me regalaste, y refugiarme una vez más en la meditación, que aunque tú consideres tonterías de hippies, es la mejor medicina para la mente, el cuerpo, y el alma.
Hoy, el cielo siempre azul de Sucre ha amanecido por primera vez triste y gris, porque ya no estás bajo su cubierta. Me he comido dos deliciosos chorizos Chuquisaqueños en la choricería desconocida por el sucreño de toda la vida, y situada en el lugar exacto donde aseguré que estaba. Me he atrevido incluso con la ensalada (no me atreví a besar tus labios, y me atrevo a comer una ensalada en Bolivia, ¡maldito desgraciado!), y he llegado al entonces soleado y animado, hoy gris y vacío parque (me he recordado a Julia paseando por la desértica playa, bajo un cielo gris, al son de “El Final del Verano” de El Dúo Dinámico, en el último capítulo de “Verano Azul”), y justo cuando he llegado al pie de la Torre Eiffel, el cielo se ha puesto a llorar (¡marica!).
Sólo, en lo alto de la torre, he conversado con las copas de los árboles: “¡Me chupa un huevo que se haya ido!”, les he dicho. “Repítetelo hasta que te lo creas”, me han respondido, como respondió Jack Sparrow a Elizabeth Swann cuando ella le dijo “lo nuestro no hubiera funcionado”.
Tras la conversación, me he hecho uno con ellas. Me han regalado su quietud, y yo a ellas mi conciencia.
Vine aquí a crecer y a aprender, no a repetir los mismos errores del pasado, y regodearme en la melancolía, por lo que he continuado con mi viaje en el lugar exacto donde lo dejé cuando te conocí (había proyectado callejear por el otro lado de la Plaza 25 de Mayo), y he descubierto un bonito café en el que he disfrutado de un exquisito Capuchino, y de excelente Rock & Roll.
Me preguntaste si iba a escribir sobre ti, y a estas alturas de la Carta, ya te habrás percatado de que yo no escribo sobre las ciudades por donde paso, ni sobre la gente que conozco. Yo siempre escribo sobre mí (¡maldito vasco egocéntrico!), en este caso sobre cómo has llegado a mi alma, Janet.
Siempre nos quedará Sucre.
Tonta.

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