Una vez más he vuelto a ser adoptado por una Gran Familia de esta gran ciudad, con la que he vivido un domingo de lujo: la familia de nuestra querida Lady Marian.
Una vez más he de hablaros de un Rey de un hogar repleto de hermosa vida, y un artista del asado argentino, que no toca la guitarra (que yo sepa), pero es un conversador con el que charlar durante exquisitas horas es, como dicen por estos pagos, un gustazo, pues su paz interior es la de un Lama, y la serena fluidez de sus palabras, la de quien ha practicado la meditación, aunque quizá ya nació con ese don: Don Rubén.
Meditación es algo que trato de hacer cada día, fundamentalmente en momentos estratégicos, como al despertar, tras lo cual, y antes de salir del lecho barracal, visualizo un día perfecto y fluido, pues es la intención un arma poderosa para la creación.
Hace unos días cometí la imprudencia de dedicar esos estratégicos minutos a pensar en la precariedad de “Depravation Hostel of Barracas”. Al ir al baño me lo encontré inundado. Bajé a desayunar mi agua caliente con sobre de café y alfajor, y tanto los alfajores como las cucharillas de plástico se habían agotado, por lo que tuve que mezclar el azúcar con un cuchillo de plástico, y di las gracias por no tener que hacerlo con la punta del…, dedo. Fui a por mi portátil y entre mi taquilla y yo se interponían máquinas de gimnasio, una de las cuales me chafó el dedo gordo del pie al apartarla de mi camino. Por supuesto de la conexión a Internet ni hablamos.
Tomé la firme determinación de seleccionar y cuidar mejor mis pensamientos en adelante. La conexión a Internet está funcionando durante buena parte de la jornada, cosa que no había ocurrido jamás. Los baños se mantienen más limpios que de costumbre. Los alfajores cutrones han sido sustituidos por deliciosos panecillos con mantequilla, y tras dos semanas, por fin he logrado que me cambien las sábanas. Si a todo ello sumamos que Marian me ha prestado un saco de dormir, puedo decir que me siento como si estuviera en el Sheraton.
Por lo demás, continúo tachando de mi lista de lugares que visitar y actividades que realizar, los objetivos alcanzados: el viernes disfruté junto a mis amigos de “Polvorines Town” (también conocido como Julian’s Town), de una magnífica comedia en Corrientes, “Con la pulga en la oreja”, con 13 actores en escena (dos elfas con el culo al aire inclusive), por 5 pesos (1€), y de amena conversación regada de cerveza, en San Telmo. ¡¡¡Uuuuuuuu!!! ¡¡¡No sabés!!!
Y en lo que a Cafés de alta alcurnia respecta, además del Richmond, he saboreado también un Capuchino a la italiana, y una sabrosa tarta de queso en “London City”, en el que transcurren algunos pasajes de la novela “Los Premios” de Julio Cortazar, y un “Chocolate al Cognac” en el café más emblemático de Buenos Aires, el rey de los cafés porteños, el más antiguo del País, el más señorial, con sus columnas, mesas de mármol y vitraux de colores, donde se reunía la intelectualidad porteña, desde la poetisa Alfonsina Storni hasta el pintor de la Boca, Benito Quinquela Martín: El Café Tortoni.
He leído en mi guía, que más cerca en el tiempo, también pasaron el rey Juan Carlos de España y Hillary Clinton, que dejaron sus autógrafos en un gran libro de firmas, por lo que cuando el dueño del Tortoni me suplicó que dejara el mío, le respondí que mi firma ni puede ni debe aparecer tan cerca de la del jefe (por la gracia de Francisco Franco) de unos ejércitos de Mar Tierra y Aire, por muy campechano que sea.
Y aunque no se hallara en mi lista, el sábado participé con mis convecinos en unos festejos, con una ópera en plena calle, con tres tenores y una soprano, organizada por la “Asociación Vecinal República de Barracas”. Para que luego digan los snobs de Puerto Madero que somos unos delincuentes, pordioseros, e incultos. ¡Qué se habrán creído!”
Siempre he sido persona de fácil apego: apegado al pasado y al presente, a las costumbres, a los lugares de siempre, a las gentes con las que comparto la vida. Cuando proyecté un viaje que comenzaría en Buenos Aires, sabía que disfrutaría de esta ciudad, pero no sospechaba que en dos semanas me apegaría a ella, y menos al Gay & Lesbians Hostel de Barracas, hasta el punto de sentirme ya, en mi barrio. Llega la hora de partir, y vuelvo a sentir esa fuerza que me pega a la zona cómoda, que hace no mucho era Eitza, y ahora es Barracas.
La vida del viajero es una continua sucesión de encuentros y despedidas. Cuando te despides de personas y lugares que han tocado tu corazón, pretendes y quieres que sea un “Hasta Otra”, pero sabes que es muy probable (y en algunos casos, seguro) que no vuelvas a verles, aunque de alguna manera viajen contigo por siempre.
Dentro de unos días tendré que decir “¡¡¡Hasta Otra!!!” a Buenos Aires, a Barracas, al Hostel de las sábanas de seda y sus variopintos moradores con los que me he encariñado, y a buenos amigos, para poder decir “¡¡Hola!!! ¿Cómo va?”, a otras almas que ya están esperando mi llegada, para que podamos decirnos al cabo de otro segmento, “¡¡¡Hasta Otra!!!”.

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